Alguien dijo una vez que da igual lo que uno diga de la India, lo contrario también es verdad. La India no es un viaje, es una experiencia de vida; olores, colores, imágenes que se graban a fuego en el recuerdo y sensaciones que se mezclan en este país tan variopinto, impregnándolo de un carácter único en el mundo, que no deja a nadie indiferente. Un país que consigue cambiar a los que lo conocen para bien o para mal, la India, es sin duda, una lección eterna. Una vez dicho esto, que cada cual, saque sus propias conclusiones.
Viajar al ritmo de cada uno por la India, por primera vez, es toda una experiencia, la realidad es tan potente que termina por romper los esquemas de cualquiera. Una realidad que incluye atentados, descarrilamientos, inundaciones, conflictos religiosos, desigualdades hirientes, corrupción política y también; bellezas naturales, austeridad, miseria, abandono. Rajastán es una caja llena de sorpresas, la mejor manera de hacer saltar por los aires, los prejuicios y la ignorancia que muchos occidentales tienen sobre la India.
Zambullirse en la fabulosa provincia de Rajastán, es zambullirse en un mundo aparte, o mejor dicho, es otro mundo. Más que un Estado o una región, Rajastán embauca los sentidos. Esta región es también la que han querido calificar como la India romántica y fastuosa de los maharajaes, aunque actualmente no sea posible encontrar ni una, ni otra.
La desaparición del Imperio británico en 1947, puso fin al reino de los maharajaes, príncipes de las mil y una noches. Lo que al menos se conservan son sus palacios, sus tesoros y sus tradiciones. Todavía pueden verse desfiles de elefantes encaparazonados de oro y plata, montados por jinetes dignos como reyes, seguidos de dromedarios y de caballos fastuosamente enjaezados, es tierra de antiguos señores feudales, la región más espectacular del subcontinente, etapa indispensable para todo el que quiera entrar en contacto con la India.
En lo alto de cimas inaccesibles, hay fuertes en cuyas piedras resuena todavía el eco de feroces combates, hay palacios de ensueño que parecen sacados de libros antiguos, por toda la región quedan vestigios de un pasado glorioso del que los rajastaníes se sienten todavía orgullosos. Los campesinos y pastores visten con turbantes que son como manchas de color; amarillo, rojo, malva, rosa, caminan entre el polvo ocre que levantan sus rebaños, las mujeres van vestidas con saris en los mismos tonos, algunos bordados en hilo de oro, lucen joyas de plata vieja y piedras semipreciosas.
Salir de viaje introducido en la burbuja invisible de un autocar, aislándose del entorno, metidos en un grupo turístico que viaja metido dentro de la pecera en la que se convierte el autocar, en un seguro y aséptico aislamiento. Se cae en la desgracia de pensar que todo es hermoso, que la gente sonríe con el corazón de pura felicidad, nada más falso, los saris de colores están roídos, las sonrisas esconden el símbolo del dólar en los ojos, el servicio no es amable ni correcto, sólo es un gesto de supervivencia. Siempre que la miseria, la muerte, la necesidad no se acerque demasiado al turista, siempre que no le perturbe su visión detrás de la cámara fotográfica, que no penetre en nosotros el olor de excrementos, orina, agua putrefacta. Que no nos toque el sarnoso, el miserable, el vagabundo, el muerto de hambre. Siempre que apartemos de nuestra mente que esa India no existe, mentira, estamos viajando a la India de catálogo. Pero a pesar de todo, la India, se cuela por los poros, nada es lo bastante hermético. Por las rendijas se descubre una vida diferente, otras maneras de hacer y de vivir, rodeados de basura, desechos y gente, mucha, saturación. Esta vivencia cruel hace que el viaje sea desacompasado, entre las ganas de huir y las de quedarse, nos convertimos entonces en dos personas que no llegan a encontrar un acuerdo. Se pasa por los lugares rápido sin tiempo para descubrir rostros, sonrisas, saludos, y cuando queremos corresponder aparecen nuevos rostros sin sonrisas y con la mano puesta para pedir o mejor dicho para exigir una limosna.
No nos ven, no somos más que dinero que se desvanece. Las calles llenas de todo, gente, vacas, mierda, suciedad por las que querríamos pasear rodeados de la historia, de las más bellas historias. Por todo Rajastán, dicen que hay tantos dioses como leyendas, pero uno no los ve, no se impregna.
En unos segundos, hombres inmóviles sentados en las aceras, en las puertas de pequeños negocios, esperando. Mujeres que se mueven al compás del viento, como flores de pétalos multicolores, rojos, amarillos, azules, verdes, morados y parecen brisas frescas que se mezclan hasta formar mezclas difíciles de asimilar. Arco iris móviles que brillan bajo el sol, haciendo casi, pero sólo casi invisible la basura que las rodea.
Y siempre vuelve el nulo aislamiento de los cinco sentidos humanos, vista, oído, olfato, gusto y tacto, puestos a prueba en la India.
Visiones de un mundo fuera de las revistas de viajes, pobreza extrema mezclada con hacinamiento y miseria mal llevada, rodeados de basura, sin importar la dignidad.
Ruidos de motores, de cláxones ensordecedores de motos, cientos, miles, por doquier, a todas horas, en cualquier lugar.
Olores que a veces son tan nauseabundos que cortan la respiración: en los desagües que corren por la superficie de las calles, boñigas de vaca, de murciélagos, de ratas, humanas, lo suficientemente tiernas como para unirse a la suela de nuestras sandalias al menor descuido.
Tampoco podemos quedarnos al margen es la oportunidad de adentrarse en un mundo real y diferente al nuestro. Una lección para intentar comprender después de estar seguros que hemos conocido la India verdadera, alejada de películas de Bollywood. Romper la burbuja de aislamiento es darse un tortazo con la realidad, pero es la única manera de disfrutar plenamente, también de la India. Un país que sin duda oculta su parte maravillosa, hermosa, magnífica, subyugadora o quizás no la esconde, simplemente está ahí. Viajando sin máscara y sin pecera, se puede llegar a concebir porqué la India despierta desde el odio más exagerado hasta la fascinación más colosal. Es tan diferente, tan contradictorio, que en un mismo lugar se pueda encontrar desde lo más espeluznante hasta lo más hermoso.
Cabe la posibilidad que algunos viajeros vuelvan algo decepcionados, aturdidos o disgustados, aquellos, que no encontraron en casi ninguna parte una acogida especial, una atención o una bienvenida de la que muchos hablan. Es cierto que se visitan lugares extraordinariamente hermosos, pero también se puede llegar a vivir muchas situaciones en las que uno se siente engañado y estafado. No es exotismo lo que emana SIEMPRE de sus calles: suciedad, mal olor y miseria se imponen a cualquiera otra característica, sin embargo, se deja India con la sensación de que no se llegado a conocerla, de que quizá se han escapado maravillosas oportunidades o tal vez Rajastán, ha perdido gran parte del encanto de antaño.
De cualquier manera, cada viaje es único e irrepetible y no se puede sacar del contexto vivido, ni más allá de los límites en los que se ha desarrollado. El que quiera descubrir qué hay de verdad en el mito de un viaje a la India, deberá descubrirlo por sí mismo.














